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 Vale la Pena Pagar el Precio

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MensajeTema: Vale la Pena Pagar el Precio   Mar Mar 25, 2008 6:41 pm

Vale la Pena Pagar el Precio
Omar Cabrera


La multitud se había congregado con una gran expectación, muchos habían venido desde muy lejos abrigando una esperanza de que Dios se manifestara en sus vidas. Otros estaban allí porque tenían necesidad de escuchar la Palabra de Dios, que sería un verdadero alimento espiritual. Muchos se congregaban porque habían sido invitados y quizás probarían si Dios podía realmente suplir sus necesidades.
Al entrar, la atmósfera estaba electrificada por un grandioso poder espiritual. Se palpaba la presencia de Dios, y aun sobre mi vida sentía una unción muy pesada, que a veces me emociona.
Era conmovedor ver toda la multitud hambrienta, no de pan, sino del poder de Dios. La actitud de sus corazones abiertos era como la de un bebé que abre la boca para ser alimentado por su madre.
Esa noche el poder de Dios fue desatado y comenzaron a ocurrir milagros y maravillas, como lo hemos visto tantas veces por misericordia del Señor. Una operación del poder sanador de Dios sobre los cuerpos, que no importando la edad, eran libres por esa virtud divina. Lo más conmovedor fue ver a la gente joven entregarse al Señor, al experimentar la manifestación de su poder. Por supuesto, damos gracias al Señor por las multitudes, los milagros, el derramamiento del Espíritu en los pueblos y ciudades donde ministramos, pero debemos tener bien presente que Él está interesado en cada uno de nosotros individualmente, y de una manera muy personal.

El interés primordial del Señor es que nos acerquemos a Él, de tal manera que podamos tener la evidencia constante que es Dios el que se acerca a nosotros para comenzar a usarnos como individuos, capacitándonos y dándonos su gracia para desarrollar un ministerio genuino dentro de la iglesia que es su cuerpo.
En estos cuarenta años de ministerio he podido aprender por la enseñanza del Espíritu Santo que debemos ir al paso de Él, sin apuros ni desesperación, ya que en todas las cosas el verdadero crecimiento lo da Dios y no nuestras habilidades o métodos personales. Al igual que una semilla, por mas que deseemos y hagamos todo el esfuerzo que esté a nuestro alcance, no podemos apurarla, necesita el tiempo determinado para crecer.
De la misma manera sucede en lo relacionado al mundo espiritual. Hay tiempos que Dios ha determinado que debemos respetar, por eso dice: “Venido el cumplimiento del tiempo Dios envió a su Hijo al mundo”. En todos estos años hemos visto la fidelidad de Dios permanentemente, pero esa fidelidad pudo ser concretada porque iba acompañada de nuestra fidelidad.
El Señor siempre es el que toma la iniciativa, nos muestra su amor, su sacrificio, y pone en nosotros sus deseos para usarnos en su obra. No obstante, llega un momento cuando debemos ser empujados un poquito mas adentro, hasta llegar a vivir una vida más plena, con un acercamiento mayor a Dios, con el deseo de vivir en una verdadera consagración.

El Camino de la Consagración


¿Cómo podemos llegar a la verdadera consagración? Uno de los medios es la oración. Un verdadera cristiano, y más un siervo del Señor, aparta fielmente de su tiempo para buscar a Dios día tras día. Muchos empiezan leyendo la Biblia de una manera metódica, o usan tiempo para meditar en algún versículo, o en los salmos, para luego usar el tiempo para entrar en la presencia de Dios.
Parte de lo que hemos alcanzado en el ministerio que Dios nos dio, se debe a que dediqué días y días encerrado orando y buscando a Dios. Diría que nacimos al ministerio como fruto de una orden directa de los días de ayuno y oración, que fueron una práctica para consagrarme más al Señor.
Otras veces, la consagración sucede a través de un acto de arrepentimiento sincero, cuando la Palabra y el poder del Espíritu Santo han tocado las fibras más íntimas de nuestro ser y nos consagramos más a Él, porque nos arrepentimos de aquellas cosas en rebelión contra su perfecta voluntad.
Este fue el caso de David en el maravilloso Salmo 51, donde pide que Dios le dé un corazón recto y que lo limpie profundamente de sus errores y pecados.
Cuando miramos la vida de los hombres de Dios, vemos que la consagración vino también acompañada del ayuno. Moisés usó el ayuno cuando se acercó cara a cara con Dios. Daniel acompañaba su oración con ayunos, lo hacía tres veces por día, lo que movía los cimientos del poderoso imperio babilónico. El Señor Jesucristo se tomó el tiempo para ayunar cuando fue llevado por el Espíritu al desierto. A sus discípulos les dijo: “Cuando ayunéis”, ya que debía ser parte de la vida diaria al caminar en comunión con Él.
No dijo: “Si ayunáis” como para convertirlo en una opción. Al entrar al ayuno experimentamos nuestros sentidos más agudizados para escuchar al Señor, y una consagración más apasionada.
Otras veces hemos experimentado que el dolernos ha llevado un paso más adelante en la consagración a Dios.
Quisiera ser claro que no predico ni creo en la doctrina del sufrimiento humano como un medio para alcanzar la redención o la santificación, pero no podemos negar que como discípulos de Cristo pasaremos por el bautismo del sufrimiento como El mismo lo pasó. A veces, el Señor quiere llevarnos por los caminos de la persecución que duelen muy profundamente, o nos permitirá sufrir al ver cómo el enemigo ataca y roba lo hermoso que Dios ha creado. Aunque debemos considerar que a veces Dios tiene sus planes y propósitos que nosotros no entendemos, ya que sus “pensamientos son más altos que nuestros pensamientos, y sus caminos mas altos que nuestros caminos”.
Jamás debemos cuestionar a Dios. Cuando el Señor nos permite que pasemos por dolores, y a veces son grandes dolores, no me refiero solo a la parte física, sino también a la espiritual y emocional; es para que usemos esa crisis para consagrarnos a Él.
A nadie le gusta pasar por el sufrimiento, pero todo lo que viene a través de la oposición, de la persecución y la discriminación nos lleva no solamente a unirnos, sino también a consagrarnos más al Señor. Sabemos que los discípulos del Nuevo Testamento, después de ser azotados alababan a Dios y ese sufrimiento los unió tanto que los llevó a orar con tal consagración, que el lugar donde estaban reunidos tembló y fueron llenos del poder del Espíritu Santo.

Consagración Completa

La completa consagración es cuando a todo lo anterior le agregamos un ingrediente que nos falta, y esto es: “una férrea disposición a no rendirse”. Algunas personas aparentan estar consagradas a Dios y, lamentablemente, lo hacen sólo para escalar posiciones dentro de las iglesias u organizaciones eclesiásticas. A toda costa quieren tener un lugar en “la obra”, como aquella mujer que decía que no pararía, caiga quien cayere, hasta no ver a su marido en la plataforma. Pero cuando vienen las dificultades o las primeras contradicciones, se determinan a abandonar todo. Son personas que aparentan mucho, pero que no están dispuestas a la persecución ni tampoco a recibir corrección por su mala conducta o actitudes equivocadas.
Lo más lamentable es que algunos están en actividades pastorales, y en la primera adversidad cualquier excusa simple la usan para dejar todo e irse. No fueron verdaderos pastores, sino solamente asalariados, como lo menciona el Señor en Juan 10.
Si hay una verdadera consagración se está dispuesto a luchar contra todo, a velar por el rebaño del Señor, humillados y dispuestos a seguir adelante por amor a Dios y a las almas. Un verdadero consagrado está dispuesto a no aflojar y a luchar con amor y misericordia, aun dejándolo todo para que el poder de Dios se manifieste en medio de las contradicciones y oposiciones.

El Precio a Pagar

Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos y hermanas, y aun también a su propia vida, no puede ser mí discípulo.”

Siempre vemos a las multitudes: seguían a Jesús. Uno se sorprende al ver el despliegue del poder divino del Señor para salvar y sanar, liberar de las fuerzas demoníacas y aun resucitar a los muertos. El evangelio de Juan dice que las multitudes le seguían por las señales que él hacía en los enfermos. Muchos de ellos lo seguían solo por las bendiciones que él impartía, tanto a ellos como a sus familiares. Eso no está mal, porque el amor del Padre quiere expresarse hacia nosotros, aunque no seamos tan agradecidos como deberíamos ser.
Por gracia de Dios hemos tenido la bendición de experimentar prosperidad en varia áreas del ministerio. Hemos sido bendecidos espiritualmente y también económicamente, lo que nos permite hacer inversiones significativas para la obra. Disponemos de variados medios par llevar la Palabra, las puertas que antes se nos cerraban ahora se abren de par en par, todo eso nos traiciona, nos hace creer que hemos subido tan alto que nunca vamos a caer. Pero es justamente cuando más consagrados al Señor debemos estar, ya que el enemigo desea que nos durmamos en los logros para poder sorprendernos en falta.
La única forma en que podemos quedar en pie frente a todos los peligros que acosan los ministerios en el día de hoy, es consagrarnos completamente al Señor. Debe haber una reacción en cada uno de nosotros, si vamos a ser discípulos de Jesucristo. Si estamos dispuestos a llevar el mensaje, tiene que haber en nosotros un completo renunciamiento a nuestra propia vida, y vivir sola y únicamente para Él.
Cuando el Señor usó el término “aborrece”, no se refería que debía despreciarse a los seres queridos. Estoy convencido que la familia es lo más hermoso que Dios nos ha dado, pero este vocablo “aborrecer” es un hebraísmo usado en la cultura judía que significa. “No poner en primer lugar, o tener más en cuenta” que al Señor. En este caso particular, el padre, la madre, hermanos, posesiones o cosas, aunque estas cosas formen parte de nuestras vidas.
Si por causa de la familia, parientes, amigos, trabajo o profesión posponemos las cosas o el llamamiento de Dios, nos equivocamos, porque debemos reconocer que nosotros, al recibir a Cristo hemos entregado nuestras vidas bajo su señorío y autoridad.
Un día cuando yo era un joven estudiante del seminario bíblico, visitaba una pequeña iglesia en Buenos Aires. Allí había de visita un pastor que nos paseó por toda la Biblia. Su mensaje no tenía mucho sentido y mis pensamientos volaran fuera de mi cabeza. No sabía predicar pero tenía inspiración divina; lo único que recuerdo de esa reunión es que de repente dijo con voz potente: “Aquellos que Dios llamó y no multiplican sus talentos, se van al infierno”. Aunque la teología de esa declaración era dudosa, realmente me condujo a una gloriosa experiencia.
Esas palabras “SE VAN AL INFIERNO” resonaban en mi mente vez tras vez. Me sentí perturbado, pero sabía que, en mi fuero interno, en lo profundo del corazón, Dios me había hablado. Esa noche estaba planeada una vigilia de oración. Cada estudiante buscaba un lugar donde arrodillarse y orar al Señor. Al llegar, como a las tres de la mañana, entré en una especie de trance.
Era como que estaba fuera del cuerpo y me llevaban a un lugar a mostrarme algo. De pronto me encontré frente a una escena, que sería la del Calvario. Todo era muy real para mí.
Me encontré en medio de una terrible tormenta con rayos y truenos; se escuchaban agónicos gritos de desesperación, sentía que la tierra temblaba debajo de mis pies y allí contemplaba a Cristo crucificado, levantado entre el cielo y la tierra, en medio de esa oscuridad.
De pronto sentí una voz que me decía: “Este es el precio de tu salvación”. Me sentí compungido, me di cuente que todo lo que yo podía dejar para seguir a Jesús no era comparable en nada con su sufrimiento sobre la cruz. Por un instante fue como que hice una comparación, pero algo ocurrió dentro de mi mente y mi corazón.
Definitivamente decidí que no me interesaba ya más mi futuro, ni lo que pensaran mis padres, mis amigos o la gente de la iglesia. Mi voluntad había llegado al punto de quebrantarse delante de la presencia del crucificado, y estaba dispuesto a un completo renunciamiento para servir sola y únicamente a Cristo Jesús mi Señor.

Para los que quieren servir al Señor

Muy pocas veces relaté esta experiencia que les narro, pero pensando en esta semilla para cientos de hermanos de todo el mundo que desean servir al Señor, quiero expresarle bien claro lo que he aprendido en mi caminar con Cristo.
Piense que Jesús no puede tener discípulos como el azúcar, que se derriten cuando caen algunas gotas de agua.
No puede tener seguidores que cuando viene el fuego de la prueba se marchitan como la hierba que no resiste el calor del sol. Cristo no puede confiar las riquezas de su gloria a personas que cuando viene el lobo, huyen o se entregan sin luchar. No se puede entregar el evangelio a personas que tienen un carácter siempre diluido e inestable.
Por eso, para servir al Señor, debemos estar completamente consagrados a Él, renunciar a todo aquello que se interponga entre nosotros y Dios. Nos ha sido demandado un cambio completo en la vida. Todos esos hábitos que tanto nos agradan y que nos parece que enriquecen nuestra personalidad, debemos dejarlos de lado, ya que este cambio debe ser sin ambiciones ni deseos egoístas, sin afectos que nos aten al mundo y a la carne.
Tenemos que llegar al punto donde podemos decir: “Me siento totalmente dominado por Dios”.
La consagración no es definitiva, mas bien experimentamos cada vez nuevos niveles de consagración, para que esta sea continua. A medida que Dios va capacitándonos más y más, impartiéndonos su gracia, sentimos como que el mismo Señor nos dice: “Para pasar a la otra orilla, debes consagrarte más, debes buscar mi rostro en comunión diaria”.
Cuánto le agradezco al Padre por su vida, lector, saber que ha leído este libro y esté listo para consagrarse enteramente al servicio del Señor. Me uno con usted para consagrarnos y orar:

Eterno Dios, nos consagramos a ti en esta hora. Tócanos en el fuego del altar, te lo regamos. Nos rendimos a ti, para que nos bendigas. Queremos ver tu gloria, y tener tu fresca unción. Acéptanos, queremos hacer solo tu santa y perfecta voluntad. Ayúdanos a serte fieles en todo y revélate a nuestros corazones, queremos conocerte más.
Reconocemos que tú eres el único digno de toda gloria, por los siglos de los siglos. Amén.

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"CON CRISTO ESTOY JUNTAMENTE CRUCIFICADO Y YA NO VIVO YO, MAS VIVE CRISTO, SU VIDA, EN MÍ." gálatas 2/20
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Jorge
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MensajeTema: Notable!   Mar Abr 01, 2008 11:40 am

Es sorprendente la calidad de discipulos que podemos llegar a ser y la vida de rendición, que se nos demanda, pienso en los hermanos de la Iglesia perseguida, ellos estan pagando un precio muy alto por seguir a Cristo, a nosotros no nos azotan ni nos golpena, no nos blasfeman ni insultan, hasta nos respetan!, me siento impulsado a salir de mi comodidad, las luchas que suponemos tener parecen luchitas,al lado de el verdadero sufrimiento que experimentan otros hermanos, por supuesto el Señor no quiere hijos que pretendan con su dolor ganarse el cielo, pero que sepan luchar con todas sus fuerzas, mente, alma y corazón en cumplir con su plan, su obra en nosotros y por nosotros.., "al que nos amo y limpio de nuestros pecados, al unico y sabio Dios, sea el honor,la autoridad, el poder y el imperio, por los siglos de los siglos.."

Amen.
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